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INTRODUCCIÓN
Del
basŧidor hacia prácticas
ollectivas
de tesitur@s postmodernas, nar˜acciones contra las Violencias de génerO.
Barbara Biglia y Conchi San Martín
«Tejer diseños complejos exige mucho más que un par de manos, la producción tiende a ser un trabajo comunal y social que da muchas ocasiones para cotillear y charlar. Tejer era ya una producción multimedia: cantar, corear, contar historias, bailar y jugar mientras trabajaban las hiladoras, tejedoras y zurcidoras que eran literalmente trabajadoras de[/en] la red [networkers]» (Plant, 1998: 70). Conscientes de esto y en el intento de devolver el correcto valor a dos prácticas ligadas a la cultura feminizada: el tejer y el narrar, hemos empezado nuestro camino en la producción de este libro. Un camino arduo salpicado por las dificultades de concretar tiempos y espacios entre muchas personas que no se conocían entre ellas; por nuestros quehaceres precarizados que nos involucran en miles de proyectos a los que podemos dedicar menos energías de las que quisiéramos, y sobre todo, por la obstinación en leer y releer los materiales que tenéis en vuestras manos. Todo aderezado con el mucho cariño que hemos intentado poner en este proceso cuyos contenidos, cabe admitirlo, nos revuelven las entrañas. De hecho nuestra misma amistad no está exenta de experiencias compartidas de violencias de género que en estos andares han ido aflorando, matizándose, descubriéndose... y sobre las que hemos conseguido echar algunas sonoras risas. El total ha durado más de un par de años, un tiempo no-tiempo (en el que nuestras relaciones frecuentemente han okupado el espacio no-espacio de lo virtual), contemporáneamente largo y corto durante el cual hemos ido creciendo, aprendiendo y disfrutando de las múltiples relaciones que este libro ha puesto en juego.
La idea de este proyecto surgió del desencanto ante la moda, y también ante cierto hábito de hablar de violencias de género no sólo sin demasiada sensibilidad sino, con frecuencia, reduciéndolas al ámbito de la violencia doméstica. Conjuntamente con mujeres de colectivos feministas autónomos podemos afirmar que: «Estamos hartas de que [las] noticias [sobre las violencias de género] salgan a relucir sólo cuando pueden ser difundidas con una alta dosis de morbosidad: particulares escabrosos, imágenes sangrientas... Estamos hartas de que los únicos maltratos reconocidos sean los espectaculares, los que se atribuyen a cabezas locas, a personalidades delincuentes» (UEP, 1998)1. Aprendiendo del trabajo de muchas creemos que la queja no es suficiente, que es necesario re-apropiarnos de nuestra agencia para hacer que las cosas cambien, por lo tanto es fundamental expresar un enfoque que dé cuenta de las múltiples violencias de género que se producen diariamente y que intente analizar las características socioculturales que permiten su existencia. Por ello, tomamos la opción de hablar en plural como apuesta por juntar voces que lejos de fragmentar nos permitan entretejer un diálogo colectivo, refiriéndonos a aspectos que van desde las violencias que se ejercen en el marco de la construcción de nuestra propia identidad generizada, de nuestros cuerpos, de nuestra sexualidad, hasta aspectos donde la introducción del análisis de género nos sigue revolucionando la mirada (y el corazón): el trato hacia las mujeres inmigradas, gitanas, sin papeles, presas, «enfermas mentales», maltratadas; así como todo lo relativo a nuestro lugar en la historia, en los medios de comunicación, en la educación, en el poder... Nos interesa adentrarnos hacia un análisis de las políticas y discursos institucionales que las más de las veces borran, minimizan o reformulan estas violencias de género, pero, a su vez, creemos importante mostrar una recopilación de experiencias y balances sobre posibilidades de ir haciendo y construyendo espacios (físicos, teóricos, vivenciales) diferentes. Por esto queríamos aprender compartiendo las experiencias de colectivos y personas que, desde la denuncia, el análisis reflexivo o el día a día en proyectos concretos, están realizando un trabajo de gran riqueza en torno a las múltiples caras de este fenómeno. Sin embargo, nos encontramos con la práctica ausencia de textos que de una forma colectiva focalizarán esta temática, y menos aún en lengua castellana. Así que, convencidas de lo valioso que es poder generar un discurso escrito que pudiera servir para compartir experiencias, andaduras, contradicciones, y como herramienta para seguir avanzando, nos adentramos en ese juntar diferentes voces, para ir entrelazando y mostrando la complejidad y actualidad de esta temática. Complejidad y actualidad, pues creemos que las violencias de género siguen formando parte de nuestra cotidianeidad, a pesar de querer presentarse, en demasiadas ocasiones, como vestigios del pasado, como aspectos siempre en vías de desaparecer en un futuro que no acaba de llegar, o bien, como decíamos al principio, restringidas al ámbito de la violencia doméstica.
El
movimiento feminista frente a la violencia de género
En
este camino creemos importante comenzar con una breve incursión en las prácticas
feministas que han constituido el substrato sobre el que hemos podido
re-construir nuestras reflexiones. Conscientes de lo mucho que debemos a
nuestras hermanas mayores no podemos por ello dejar de realizar un trabajo
autocrítico de aquellos aspectos que consideramos limitantes en las anteriores
teorizaciones/prácticas. Desde
finales de los años sesenta el problema de las violencias de género ha entrado
como punto determinante en la agenda de las políticas feministas. Los objetivos
principales han sido redefinir las violencias de género en base a relaciones de
poderes generizadas, reclamar que «no, significa no», reapropiarse de los
espacios públicos (por ejemplo con marchas nocturnas de mujeres) y destruir el
mito de la privacidad de las violencias domésticas, desvelando el papel
protector del Estado en su perpetración (Charles, 2000).
Además, se ha intentado superar la victimización de las mujeres supervivientes de la violencia, declarando que «Detrás de la interiorización del discurso abusivo y del abusador que la ha menospreciado, inferiorizado e intentado anular hay siempre, insisto siempre, en las supervivientes una tenaz resistencia y lucha por su identidad y por sus derechos» (Carmona, 2003: 196)
Estos trabajos han
permitido romper en parte con las dinámicas de infantilización de las mujeres
y han conseguido que se considerara la violencia de género como problema social
y no personal. Sin embargo, con el paso del tiempo, aún podemos evidenciar
algunas limitaciones de los mismos, que a veces han acabado teniendo un «efecto
boomerang» contra las propias prácticas feministas.
La primera limitación es resultado de las políticas de las feministas esencialitas; algunas de ellas han intentado enfatizar la importancia de una supuesta innata femenidad que, entre otras cosas, estaría caracterizada por ser pacífica frente a un esencialismo de los hombres como violentos, salvajes e incontrolables (Jorquera en este volumen). Esta visión, aparte de reducir la importancia del trabajo político de las mujeres que luchan en contra de las guerras y de los usos de la violencia (hooks, 2000), no hace sino reforzar la falsa dicotomización patriarcal de los géneros y justificar así las violencias generizadas.
La
segunda es resultado de las políticas de las feministas de la igualdad que,
convencidas de que era suficiente con el ingreso de las mujeres en el mundo
heteropatriarcal para poder modificarlo, no se han preocupado de subvertir las
estructuras del poder (Biglia, 2006). Como resultado tenemos mujeres en puestos
de mando o en organizaciones represivas que actúan de manera perfectamente
coherente con las lógicas heteropatriarcales y son perpetradoras de dinámicas
discriminatorias y violentas.
Uno de los resultados de
la combinación de estas dos políticas lo vemos en el tratamiento que se ha
dado al escándalo de las militares norteamericanas implicadas en las torturas
de Abu Ghraib2. Millones de personas
parecen haber descubierto, de repente, que los militares cometen torturas y
atrocidades. Las fotos de las chicas implicadas parecen haber satisfecho el
morbo de voyeurs de todo el mundo que, tapándose los ojos para mirar
entre los dedos, iban gritado escandalizados contra este oprobio de la
naturaleza. El escándalo que se ha desatado ha permitido por un lado silenciar
la protesta contra quienes adiestran y mandan a los soldados a cometer tales
actos y, por el otro, alzar nuevos lemas en contra del feminismo afirmando que
estos hechos son la demostración de
Por
lo tanto, «sí es
importante que en una sociedad patriarcal que socializa las mujeres a reprimirse
y contenerse, éstas encuentren el coraje para hablar; lo que resulta
fundamental es lo que decimos, cómo lo decimos y en base a cuál visión política»
(Plant, 1998: 97), contra las violencias de género debemos desenmascarar las
relaciones de poder generizadas y heteronormativizadas sin esencializarlas ni
tampoco reproducirlas.
La tercera limitación
de las políticas feministas co relación a las violencias de género viene de
la urgencia que el dramatismo de las situaciones de violencia doméstica nos ha
llevado a afrontar. Por un lado, en la búsqueda de apoyos contra estos abusos
hemos dedicado poco tiempo a desenmascarar cómo éstos son sólo una de las
expresiones de las relaciones de poder generizadas. Por tanto, aunque en un
plano teórico seguimos matizando que las violencias domésticas son violencias
estructurales, en un plano práctico seguimos afrontándolas de manera
individualizada.
Así,
por ejemplo, los refugios para supervivientes de la violencia doméstica y los
grupos de apoyo vienen investidos de un valor excesivo que supera sus
posibilidades de respuesta. Usando la clara metáfora de Synnov Skorge,
directora de un refugio para mujeres en Sudáfrica (citada en Lempert, 2003), de
la misma manera que no podemos responsabilizar a una ambulancia de no haber
efectuado una operación a una persona que ha sufrido un accidente, no debemos
responsabilizar a los refugios de no ser herramienta suficiente para erradicar
las violencias de género.
Por
lo tanto, el enorme esfuerzo dedicado a intentar dar una indispensable respuesta
a las necesidades de las supervivientes ha tenido como efecto secundario
reforzar esa reducción de las violencias de género al ámbito de la violencia
doméstica y más aún a los casos con un desenlace físico particularmente
cruento. Esto ha permitido que el discurso de la estructuralidad
de la violencia se quede más bien en un análisis teórico y no se
materialice en las prácticas activistas (obviamente hay interesantísimas
excepciones). Mas aún, desafortunadamente, algunos colectivos de mujeres que se
autodefinen como feministas han caído en el juego de la reabsorción (Biglia,
2003) o de la cooptación estatal (Charles, 2000; hooks, 2000)4.
Por ejemplo, para recibir los fondos necesarios para implementar prácticas de
apoyo a la violencia doméstica, en ocasiones se ha llegado a compromisos que
han permitido reducir toda la carga subversiva que la lucha feminista contra las
violencias de género tenía en un principio.
Finalmente, el esfuerzo
de muchas mujeres y el poco trabajo de colectivos de hombres para la
desarticulación de estas violencias, conjuntamente con la visión esencialista
de ciertas feministas, ha tenido el efecto perverso de visibilizar las
violencias como ejercidas por uno o algunos hombres en contra de una(s) mujer(es).
Si la personalización permite silenciar la responsabilidad social en la
perpetración de las violencias de género, el silencio feminista ante la
falsedad de esta representación se ha hecho cómplice, en la mayoría de casos
inconscientemente, de violencias de género ejercidas en relaciones no
inscribibles en la «normalidad» heteropatriarcal. Nos referimos aquí, por
ejemplo, a las violencias entre parejas del mismo sexo (en este sentido es
interesante el trabajo de análisis que está llevando a cabo el Colectivo de
Lesbianas Feministas de Barcelona5), a
la violencia del Estado que impide a las mujeres transexuales sobrevivientes de
malos tratos entrar en una casa de acogida o tener atención psicológica
gratuita, y claramente a los innumerables ejemplos de violencias biopolíticas
en las que no hay un sujeto identificable que inflija violencia sobre otro.
Nar˜acciones
Quisiéramos que este libro sea leído como un experimento que, sin pretender proveer un análisis exhaustivo de las violencias de género o de las prácticas para su desarticulación, presenta dos tratos diferenciales respecto a la mayoría de la literatura sobre el tema: cuestionar el sentido de la violencia en sí mismo, hablando de sus múltiples y contradictorias caras, y el esfuerzo por no confundir la palabra género con la palabra mujer6, sin por ello dejar de reconocer que las violencias de género afectan de manera diferencial las personas que están socialmente enmarcadas en unas categorías en lugar de en otras. La selección de textos que tenéis en vuestras manos ha sido reunida gracias a nuestras redes, así que los artículos cubren solo determinadas temáticas y no pretenden abarcar todas las realidades existentes. Esperemos que experimentos parecidos al que se ha desarrollado aquí den cabida a experiencias que no hemos sabido-podido incluir en este espacio.
En el primer bloque partimos de la necesidad de resignificar el concepto de violencias, tal y como plantea Barbara Biglia, entendiéndolas como constitutivas y al mismo tiempo producto de un marco de relaciones de poder generizadas. La cuestión de la violencia estructural se pone en el centro del análisis, permitiéndonos repensar críticamente la gestión (¿reproducción?) de las violencias de género en el ámbito de las políticas sociales y públicas, ya en un ámbito genérico, tal y como analiza Jordi Bonet, ya en otros más concretos como evidencia Erica Burman, respecto al trato diferencial que reciben las mujeres maltratadas de diferentes etnias, y Marta Luxán refiriéndose a las políticas globales de gestión de la fertilidad.
En el segundo bloque se profundiza en la circulación de imaginarios sobre/de/respecto a las violencias de género que toman su lugar de realidad en lo cotidiano. Ilana Mountain analiza cómo las ideas alrededor de la identidad de género femenina influyen en la representación y percepción de las mujeres etiquetadas como toxicómanas y cómo esto tiene consecuencias en las prácticas de «escucha y rehabilitación». El mantenimiento de esta imagen feminizada estereotípica, en el contexto de los medios de comunicación audiovisual, es resaltado por Eva Gou que analiza además cómo estos modelos expresan un intento violento de normalización de la construcción de las mujeres. Desplazando la atención de los medios audiovisuales a los medios de comunicación, Débora Betrisey Nadali y Ángel J. Gordo López analizan las maneras sutiles, y no tan sutiles, con las que se mediatizan las situaciones de maltrato y el consecuente «adoctrinamiento» que este proceso conlleva. Muy al hilo de lo anterior Barbara Biglia y Conchi San Martín evidencian cómo la representación de los maltratadores como seres abominables, ha dificultado la posibilidad de detectar, denunciar y actuar (colectiva e individualmente) contra los abusos perpetrados por personas que se presentan como «políticamente correctas».
En el tercer bloque se quiere subrayar como las mismas identidades de género en su aparente anodina imposición son verdaderas expresiones de violencia. En este contexto el ejercicio de desarticular/cuestionar la identidad masculina, propuesto por Víctor Jorquera, resulta absolutamente necesario; especialmente considerando los pocos trabajos que, sin caer en esencialismos o en respuestas machistas a las denuncias de las violencias de género, analizan los efectos de las violencias de género en la construcción de los sujetos «masculinos». De esto se hacen eco las palabras de Paula Rodríguez (entrevistada por Barbara Biglia) que, con una lucidez teórica encarnada, presenta ejemplos de violencias en la construcción identitaria transexual, terreno las más de las veces olvidado cuando no estigmatizado. Finalmente, los últimos dos escritos de este bloque dialogan entre ellos centrándose en la construcción de lo femenino y de la feminidad. Así, Teresa Cabruja analiza las violencias visibles e invisibles de la psicología hacia las mujeres así como las resistencias individuales y colectivas ante los mecanismos de poder; y Conchi San Martín, después de seguir analizando las consecuencias de los discursos psicológicos sobre las mujeres, evidencia cómo las teorías sobre el maltrato han reforzado construcciones identitarias estereotipadas.
En el penúltimo bloque se resalta el papel de las instituciones en el mantenimiento de las violencias de género; para hacerlo nos acercamos específicamente a la situación de las mujeres en algunas instituciones totales. Comienza este bloque Elixabete Imaz que evidencia la violencia que se desarrolla en la intersección entre el ser mujer, el estar presa y los procesos de invisibilización de esta realidad tanto en ámbitos carcelarios como en los legislativos y sociales. Sigue el artículo de Kum Kum Bhavnani y Angela Y. Davis7 que nos introduce en las prisiones de mujeres en EE.UU. —cuyo modelo ha influenciado el diseño de políticas y medidas carcelarias en el Estado Español8— con una particular sensibilidad hacia las influencias de factores étnicos. Nuevamente Elixabete Imaz, esta vez conjuntamente con Teresa Martín-Palomo, apoyándose en interesantes testimonios, radiografían de manera actualizada las políticas y prácticas sobre las principales detenidas en las cárceles españolas: extranjeras y gitanas. Por último, Guillermo Rendueles a partir de un trabajo de revisión histórica, saca del olvido la historia de las mujeres diagnosticadas como enfermas mentales, como locas, y recluidas en los supuestamente anacrónicos manicomios criminales españoles.
Para acabar, en un último bloque aparecen experiencias y propuestas de acción y/o resistencia con relación a las violencias de género. Comenzamos con un trabajo de María Jesús Soriano sobre los procesos de acompañamiento y la apertura de espacios de cuidado y recuperación para mujeres maltratadas a través de la fuerza de la puesta en común. Continuamos con la presentación del proyecto de Tamaia, una asociación con más de diez años de experiencia con mujeres maltratadas; punto de referencia real de lo que creemos un buen hacer, combinando un cuestionamiento abierto, una posición combativa y un claro compromiso de apoyo. Seguimos con un análisis de Guillermo Rendueles sobre el caso de Althusser, mostrando con claridad cómo la historia acaba conviertiendo a la «víctima» (Althusser asesinó a su mujer) en la «mala», en un contexto plagado de justificaciones y tolerancias ideológicas. Por último, la Asociación Limes presenta una breve recopilación de experiencias, a partir testimonios, que permiten ir nombrando violencias aparentemente anecdóticas, situaciones cotidianas que evidencian pequeñas/grandes violencias en el ámbito del poder médico.
Al final de este libro, presentamos una breve bibliografía comentada que las participantes en este proyecto han querido compartir con vosotras, por si os pica el gusanillo de saber más y queréis alguna indicación que os estimule para empezar o seguir profundizando.
Nuevamente de acuerdo con Plant creemos que
...las imágenes textiles
nunca se imponen sobre la superficie de la tela: sus diseños siempre emergen de
una matriz activa, implícita en una red que las hace inmanentes a los procesos
de los que emergen (Plant, 1998: 72)
así
que no podemos acabar sin mostrar nuestro agradecimiento a todas aquellas
personas que en algún momento se entrecruzaron con este proyecto y que por
razones varias no pudieron aportar su granito de arena a lo escrito, pero sí
apoyarnos con su presencia y ánimos9,
así como a todas aquellas que nos alentaron a seguir trabajando. Gracias a
todas.
Este escrito del colectivo Unides i Enemigues del Patriarcat (1998) fue
enviado, como carta al director, a diversos periódicos, sin que ninguno de
ellos la publicara; finalmente apareció como artículo en la revista La
lletra A.
Para quienes no hayan seguido el escándalo, una amplia serie de las fotografías
de las torturas está publicada en http://www.visionesalternativas.com/imagenesiraq/home.htm
Como cantaban provocativamente las compañeras queer de Madrid en las
protestas en contra de la guerra del año pasado: «El eje del mal es
heterosexual» (C. Bargueiras, S. García, C. Romero, 2005).
Esta es la versión light de la situación, desafortunadamente otras se
han dejado simplemente seducir por cuotas de poder y son por lo tanto
completamente cómplices con las prácticas heteoropatriarcales.
www.lesbifem.org; un breve artículo sobre el tema en Tron, 2004.
El uso de los términos como si fueran intercambiables, y como si la crítica al
concepto de mujer no hubiese tenido lugar en el mundo feminista ya en los años
setenta del pasado siglo, es desafortunadamente muy frecuente. Para muestra un
botón: la definición de violencia de género que se encuentra en la página de
la Comisión para la Investigación de Malos Tratos a Mujeres: http://www.malostratos.org/cindoc/020%20cindoc%20viol%2002%20definiciones.htm
Este artículo se publicó originalmente bajo el título de «Incarcerated Women»
en I. Parker y R. Spears (eds.) (1996), Psychology and Society. Radical
Theory and Practice, Londres: Pluto Press. Se agradece a las autoras y editoras el permiso para reproducir aquí su
obra.
Véase la revista Panóptico, editada por Virus, y especialmente el
numero 2, del año 2001, en el que aparece un dossier sobre «Mujer y cárcel».
Entre ellas:
Inma
Lloret, Isabel Meléndez, Margot Pujal, Inés Massot, Francia Jamett, Ainhoa
Irueta, Teo Pavón, Inés Fondevila, Empar Torres, Eli Polinyà, Cristina Vega,
Txell Bacardit, Lesbifem.
Referencias bibliográficas
Bargueiras,
C.; García, S. y Romero C. (2005): «Introducción... el eje del mal es
heterosexual». En Grupo de Trabajo Queer (ed.): El eje del mal es
heterosexual. Figuraciones, movimientos y prácticas feministas queer.
Madrid: Traficantes de Sueños.
Biglia, B. (2003):
«Radicalising academia or emptying the critics?». Annual
Review of Critical Psychology, 3,
pp. 65-83.
—
(2005): «Desarticulando mitos sobre el pacifismo femenino para una redefinición
de la violencia» J. Sobral, G. Serrano, J. Regueiro (comp.): Psicologia
juridica, de la Violencia y de género. Madrid: Biblioteca nueva, pp. 245-252.
— (2006): «Some "Latin
activist women" accounts: Reflection on political research». Feminism
& Psychology, 16(1), pp. 18-25.
Carmona,
L. (2003): «A, ante, abajo, con, contra, de, desde... Diez años aprendiendo de
nosotras, las mujeres». Duoda
Revista d'Estudis Feministes, 24, pp. 192-200.
Charles, N. (2000): Feminism, the State and Social Policy. Londres:
MacMillan.
hooks,
b. (1998): Elogio del margine. Milán:
Feltrinelli.
—
(2000): Feminist theory from margin to centre. Londres: Pluto Press.
Lempert, L. (2003): «Shelter: for abused women or abusive men? As aid to
survival, or as rehabilitation site?». Agenda,
57, pp. 89-100.
Nash,
M. y Tavera, S. (1995): Experiencias desiguales: Conflictos sociales y
respuestas colectivas (Siglo XIX). Madrid: Síntesis.
Plant,
S. (1998): Cero + Uno. Barcelona: Destino.
Tron,
F. (2004): «Violencia en relaciones íntimas entre
lesbianas: una realidad invisible». Rompiendo el Silencio. Revista Lesbica
on-line, http://www.rompiendoelsilencio.cl/artimay5.htm.
UEP
(1998): «Estamos hartas». La lletra A.